lunes, 18 de julio de 2016

LA EUROPA INDECENTE




Hope, Hope, fallacious Hope! Where is the market now? W. Turner

A principios del siglo XVII se impuso en Europa, de la mano del jurista, escritor y poeta holandés Hugo Grocio, un nuevo Derecho internacional que nacía para dar respuesta a los intereses de las compañías transnacionales que necesitaban de una nueva regulación que les permitiera defender de la piratería el comercio y las rutas comerciales de ultramar, en auge con la incipiente globalización y el advenimiento de la sociedad comercial. Atrás quedó así el viejo Derecho internacional que, basándose en el ius humanitatis y la Communitas omnium gentium, habían propuesto Bartolomé de Las Casas, Francisco de Vitoria o Francisco Suárez a finales del siglo XVI y que, a diferencia del de Grocio —cuyo eje principal era la libertad de comercio y el derecho de navegación—, se fundamentaba en la noción de humanidad como sujeto común. Lo explica muy bien Javier de Lucas en el tercer capítulo de su imprescindible libro Mediterráneo: El naufragio de Europa, del que recientemente se ha publicado la segunda edición.
Desde que el 17 de marzo de 2011 el Consejo General de la ONU aprobara las resoluciones 1970 y 1973 en virtud de las cuales se autorizó la intervención militar en Libia, encabezada por Francia y Reino Unido, con el apoyo de Obama y la abstención de Rusia y China, la Unión Europea sufre la crisis migratoria más importante de su historia y en 2014, según ACNUR, afrontó la crisis de refugiados más importante desde la Segunda Guerra Mundial, con más de cuatro millones. A esto hay que sumar los estragos provocados por las guerras internas y la extrema pobreza en otros tantos países, que han propiciado la huida hacia Europa de más refugiados e inmigrantes que no tienen garantizado el derecho más elemental a la vida. Frente a esta situación, inédita hasta hace pocos años, el mar Mediterráneo —el Mare Nostrum— ha cobrado un fatal protagonismo convirtiéndose en lo que el autor da en llamar con acierto “la mayor frontera del planeta, en el sentido de mayor falla demográfica”; y también en la más mortífera, con 22.394 personas fallecidas desde el año 2000, según estimaciones de la Organización Mundial de las Migraciones (OIM). La Unión Europea (UE) ha hecho frente a esta difícil situación desvirtuando el orden jurídico internacional y vaciándolo de todo contenido sustantivo, al tiempo que ha configurado ad hoc un nuevo Estado de Derecho de excepción permanente, convirtiendo al inmigrante/refugiado/desplazado en ese nuevo enemigo que autores como Sartori, Huntington o Renshon preconizaron en sus respectivas teorizaciones acerca de la inmigración. No obstante, el paradigma que mejor nos ayuda a comprender la gran trampa con que la UE ha sorteado su irrenunciable deber jurídico y obligación moral de hospitalidad y solidaridad para con las personas que llegan a Europa, es el derecho al asilo, o más bien su negativa a prestarlo con carácter universal. Ello es posible gracias a un maquiavélico ardid que consiste en crear tantas categorías humanas susceptibles de ser sujetos de derecho como necesidad haya, de tal modo que se crean categorías de infrahumanos a los que corresponden infraderechos por el simple hecho de no ser ciudadanos de la UE. Así llegamos a la concreción de un “Derecho migratorio” falaz y perverso que el autor resume en cuatro puntos clave que conviene recordar: 1) se trata de un Derecho especial o infra-Derecho; 2) este Derecho parte de la discriminación de derechos básicos, e impide la igual justiciabilidad de los derechos; 3) el objetivo de este régimen jurídico especial es mantener un status de dominación o “colonialismo interno “, en palabras de Conolly, citado por de Lucas; 4) es un Derecho que rechaza la Convención de la ONU de derechos de los trabajadores inmigrantes y sus familias. Empero, en el fondo, lo que subyace en todo el libro es que Europa ha llegado —usando la excelente perífrasis que nos brinda Sami Naïr en el prólogo— a tal punto en su chovinismo de la prosperidad, que ya no es capaz ni de garantizar el derecho más esencial de cuantos existen y han existido a lo largo de la historia, como es, sin duda, el derecho a la vida. Dicho de otro modo: todos nuestros esfuerzos civilizatorios no han evitado ni han impedido que hoy la UE se vea practicando “verdadera xenofobia institucional”, como bien señala de Lucas.
Mediterráneo: El naufragio de Europa es un libro notable, no solo por el magistral y antes mencionado prólogo de Sami Naïr, sino también por la multitud de referencias y notas que podemos encontrar a lo largo de sus páginas, muchas de ellas completísimas y de gran relevancia por cuanto que añaden información significativa a todo el conjunto. También podemos encontrar valiosas definiciones de conceptos como solidaridad o frontera. El libro se divide en diez capítulos y un anexo, en el que se incluye el cable que filtró Wikileaks relacionado con los planes ocultos de la UE durante la intervención en Libia y que, a mi juicio, es prescindible, aunque puede hacer las delicias de otros lectores. En cuanto a la edición, cabe destacar algunas cosas: la primera es que el autor acompaña cada capítulo con una foto a color relacionada con el fenómeno migratorio y la UE (y algunas de ellas hablan por sí solas); la segunda es que el libro incluye un código que permite bajarse el e-book de forma gratuita; por último, se echa en falta al final del libro un apéndice terminológico que nos ayude a comprender, pero sobre todo ordenar, la multitud de acrónimos que se pueden encontrar en él.
A la luz de los más de 50 millones de personas desplazadas en el mundo que huyen hoy de sus hogares por culpa de la guerra o de la extrema pobreza, la respuesta de Europa ha sido dejar a la voluntad de sus países miembros la acogida de refugiados, quedando el reconocimiento al derecho de asilo en papel mojado y sin ninguna posibilidad real de hacerse efectivo. Esto debe llevarnos necesariamente a una reflexión profunda sobre el verdadero alcance de nuestro ordenamiento jurídico, del Derecho y de los derechos. Sobre quién, quiénes pueden ser sujetos de Derecho y quiénes no, por tanto, sobre quiénes son personas, y quiénes no, en realidad. En cualquier caso, nada que pueda escapar a aquello que también definió Luigi Ferrajoli hace unos años: al derecho que tenemos todos a tener derechos.


Mediterráneo: el naufragio de Europa, DE LUCAS, J., Tirant Humanidades, Valencia. 2015. 152 p.



domingo, 6 de septiembre de 2015

UNA HISTORIA DE RACISMO NADA PERSONAL




En el año 1964, durante el discurso del estado de la Unión pronunciado por Lyndon B. Johnson, ningún congresista aplaudió la apelación del presidente en favor de la justicia social y los derechos civiles. Por el contrario, la posterior apelación en favor de las secuoyas californianas recibió una desmedida ovación aprobatoria. Esta anécdota, que podemos encontrar en el epílogo del libro recientemente editado Negro como yo, del escritor estadounidense John H. Griffin, no tendría excesiva importancia si obviamos el hecho de que sucede en el transcurso de una década convulsa de los Estados Unidos que estuvo marcada por la explosión del conflicto racial que durante siglos se había estado gestando en muchas ciudades a lo largo y ancho del territorio; una década en la que la segregación de los negros todavía era una práctica común, perfectamente legal y socialmente legitimada por la mayoría blanca.

Durante algo más de seis semanas, del 28 de octubre al 15 de diciembre de 1959, el tejano John H. Griffin emprendió una aventura peculiar y nunca antes realizada por un hombre blanco: después de leer un informe que hablaba del aumento de la tendencia al suicidio entre los negros sureños y movido por una mezcla de empatía social, afán de justicia y vocación científica, decidió convertirse en uno de ellos para ir al sur profundo del país y experimentar en carne propia cómo se vivía allí la discriminación racial. Gracias a la ayuda de algunos amigos y a la complicidad de un médico que le asesoró sobre el tratamiento que debía seguir para oscurecer la pigmentación de su piel, el día 7 de noviembre de 1959 Griffin se convirtió definitivamente, y a todos los efectos, en un negro más. El relato de sus vivencias en lugares como Nueva Orleans, Misisipí o Alabama da buena cuenta del racismo que imperaba en muchas ciudades del Sur, en donde el color de la piel determinaba la pertenencia de una persona a la categoría humana o animal. Con todo, lo que resulta más interesante de la experiencia vivida por Griffin es poder conocer de primera mano la verdad (la más científica, al menos) acerca de las condiciones de vida de los negros y de cómo estos vivían y habían asimilado durante años el desprecio inmisericorde y despiadado de los hombres blancos. Gracias a su trabajo, y a las duras experiencias vividas en muchos de los lugares que recorrió, hoy disponemos de un testimonio veraz que nos enseña muchas cosas. Por ejemplo, cómo entre los negros se transmitía de generación en generación una estrategia de supervivencia para poder afrontar como personas lo que nunca iban a poder hacer como negros; dicha estrategia consistía básicamente en interiorizar algo aparentemente sencillo: que las continuas agresiones y maltratos que sufrían no iban dirigidos a sus personas, sino a su negritud. Eso cuando la desesperación, el sentimiento de culpa o la pobreza no habían acabado antes con ellos. También, y a raíz de la publicación de su libro, Griffin explica cómo el pensamiento negro, con el paso de los años, detectó una de las debilidades más importantes que el sueño de la integración racial había estado alimentando: se trata de lo que los filósofos negros denominaron el “individualismo fragmentado”, y que rápidamente se comprendió en el seno de la comunidad negra; con este nombre se hacía referencia a la necesaria transmutación que todo hombre negro sufría si quería tener éxito en el mundo de los blancos y que, básicamente, consistía en negar todos aquellos atributos que le identificaban como tal. O, lo que es lo mismo, suponía la identificación total con el modelo cultural blanco, lo cual, a la postre, implicaba anular su negritud. Como bien explica el autor, este descubrimiento fue crucial para iniciar un giro decisivo hacia la igualdad real de derechos en los Estados Unidos. Un cambio, por otro lado y paradójicamente, que surgió de la aceptación, por parte de los dirigentes negros, de que el gran sueño que propugnaba Martin Luther King no podía llegar a cumplirse.

Negro como yo se divide en varias partes que giran alrededor del diario que John H. Griffin escribió durante las seis semanas de viaje. Todas ellas son valiosas, pero muy especialmente el Prefacio (de 1961) y el Epílogo (de 1976); el primero, por la belleza y rotundidad con las que es capaz de condensar una problemática de dimensiones tan colosales; y el segundo, por las brillantes e iluminadoras reflexiones que contiene. La lectura del libro es muy amena gracias el estilo sobrio y a la prosa reflexiva y magnética con la que Griffin narra sus vivencias. Por lo demás, hay que remarcar la excelente y generosa edición a cargo de Capitán Swing, que incluye, entre otras muchas cosas, un interesante reportaje fotográfico de Don Rutledge que nos acerca todavía más, si cabe, a los escenarios y a las experiencias vividas por el protagonista. Eso sí, hay que llamar la atención a los editores por la multitud de erratas que pueden encontrarse a lo largo de sus páginas.

La importancia de Negro como yo es enorme por varios motivos. En primer lugar, porque es un valioso y esperanzador testimonio que nos recuerda que, frente a la banalidad del mal, siempre han existido hombres (y mujeres) que han luchado desinteresadamente por la dignidad del ser humano, independientemente de cuáles fueran sus accidentes. Y en segundo lugar, porque nos acerca a una realidad desconocida para muchos y desde una perspectiva inédita hasta la fecha (pero perfectamente válida a pesar de los años transcurridos desde la publicación del libro). Nos permite, a través de muchos de sus pasajes, conocer la profunda dimensión humana, la inteligencia y la sabiduría negras que latían bajo los escombros de la opresión. Esta obra también es un importante toque de atención a toda la intelectualidad blanca que, desde las mesas de sus despachos en la universidad o el confort de sus hogares, se cree conocedora de una determinada realidad por el solo hecho de leerla. El libro de Griffin resulta aleccionador y es, en definitiva, un puñetazo en la cara a siglos de moralidad blanca que no parece que hayan servido para hacer del mundo un sitio mejor ni más humano. Y también, y no menos importante, es un excelente manual que nos aproxima a un conocimiento certero de los universales del racismo.



Negro como yo, John H. Griffin, Capitán Swing Libros. 2015. Madrid. 226 págs.

lunes, 13 de octubre de 2014

DELINCUENTES, PERO NO TANTO




El Edipo de Sófocles y el Ricardo III de Shakespeare; la paulatina sofisticación en la fabricación de billetes y el desarrollo de cerraduras cada vez más seguras y resistentes; toda la policía y toda la administración de justicia penal formada por esbirros, jueces, jurados, etc., el derecho penal mismo, los profesores que imparten esta materia y sus compendios o la, hoy, cada vez más importante ciencia criminalística; la química práctica que se encarga de vigilar las adulteraciones de mercancías; los organismos que velan por la seguridad y legalidad en las transacciones comerciales; los ingenios mecánicos que la tortura propició, así como todas las ramificaciones en la industria que todas estas actividades llevan aparejadas son ejemplos del conjunto de fuerzas productivas que impulsa el delincuente. Esta era la opinión de Karl Marx en el texto póstumo que escribió entre 1860 y 1862 bajo el título "Concepción apologética de la productividad de todas las profesiones" y que Sequitur ha editado con el sugerente título Elogio del crimen.

Desde tiempos inmemoriales el delito se ha venido considerando como algo esencialmente malo, nocivo y el más reprensible de cuantos comportamientos pueda tener una persona que vive en sociedad. Era así en Roma y lo es ahora en la España desquebrajada y supurante de hoy. Karl Marx, empero, analizó la cuestión desde otro punto de vista haciendo especial hincapié en el entramado de fuerzas productivas que conforman la economía capitalista. Es precisamente aquí donde el delincuente cobra nueva dimensión y queda despojado de todos los prejuicios que a lo largo de la historia sobre él han recaído. Pues como tal cumple una función primordial con la producción de delitos. Sí, el delincuente produce, igual que el carpintero o el escritor, y lo que produce son delitos. Siguiendo con su análisis, los delitos a su vez han suscitado todo tipo de transformaciones en la cultura, en la ciencia y en el sistema productivo de las sociedades antiguas y modernas. Por lo tanto, como dice Marx, el delito y el crimen son útiles y cumplen una función social: unas veces a modo de compensación natural y otras como fuerza impulsora de producción, pues sus constantes ataques a la propiedad privada no sólo rompen la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida burguesa, sino que también propician el desarrollo de todo un conjunto de fuerzas productivas, que tienen por finalidad la prevención y evitación de sus acciones, en unos casos; y el estudio y comprensión del fenómeno, en otros. También, y no menos importante, son los delitos como fuente de inspiración para artistas de todas las clases y épocas, por lo que su huella en la cultura es indeleble. En todo caso, la delincuencia es un mal, pero es un mal necesario sin el que las sociedades se hubieran "estancado y decaído”, en palabras que toma de Mandeville. Es una contrafuerza, un motor subterráneo que mueve y conmueve muchas más cosas de las que en apariencia, las apariencias nos muestran en el día a día.

Este pequeño opúsculo se compone -aparte del ya citado texto de Marx- de una Obertura a modo de prólogo de Ludovico Silva, cuatro textos más de Karl Marx, “Pena capital”, “Crimen y pauperismo”, “La ley y el delito” y “Filantrópica burguesía”, que complementan su “Elogio del crimen”, un breve interludio sobre la estupidez de Carlo M. Cipolla y, por último, dos textos suplementarios de Émile Durkheim, “Normalidad del crimen” y “Función del castigo” que hacen de contrapunto a todos los anteriores. El editor y traductor Javier Eraso Ceballo compone para Sequitur una excelente obra, breve pero muy concisa, donde el aparente desorden de los textos esconde una cuidadosa selección, pues se interrelacionan y complementan formando un todo, en el que cada pieza cumple una función que enriquece todo el conjunto. Especial atención merece el texto de Silva, ya que resulta muy útil para comprender la importancia de Karl Marx, más como científico social que como el ideólogo y profeta que muchos han querido ver en él. También, porque nos ayuda a entender con agudeza las particularidades de su estilo literario.

Resulta clave comprender, por ejemplo, que la gran metáfora descubierta por Marx es la misma sociedad capitalista, su alienación. Vivimos en un mundo invertido en donde, como él decía, toda cosa está preñada de su contrario. El sentido de la sociedad capitalista no tiene sentido, he aquí la trampa. Y no tiene sentido porque todo en ella son apariencias con formas distintas (régimen jurídico, Estado, etc.), cuyo objetivo principal es ocultar la estructura económica que subyace a la sociedad así constituida. Las cosas ya no valen por lo que son, sino por lo que pueden cambiarse; ya no interesa la calidad, sino la cantidad; ya no es, en definitiva, el valor de uso lo que importa, sino el valor de cambio. Lo fundamental para el sistema ya no es el hombre concreto, sino el hombre abstracto productor de riquezas, y la división del trabajo ahora es división del trabajador. Como bien dice en su Crítica a la economía política: “Un tomo de Propercio y ocho onzas de rapé pueden aspirar al mismo valor de cambio a pesar de la disparidad de los valores de uso del tabaco y de la elegía”. La grandeza de Marx está, precisamente, en lograr caracterizar todo un sistema económico con un solo ejemplo de apariencia insignificante. Y es que se puede conocer más o menos a Marx, se puede ser más o menos marxista, pero ya no es posible no conocer a Marx y pretender al mismo tiempo ser alguien mínimamente científico.



Elogio del crimen, Kral Marx, Ediciones Sequitur. 2010. Madrid. 80 págs.