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sábado, 6 de septiembre de 2014

BREVE APOLOGÍA DEL BUEN TRABAJO



En 1880, Paul Lafargue escribió un opúsculo titulado El derecho a la pereza, en donde, contrariamente a lo que su título invita a pensar, más que propugnar la abolición del trabajo proponía una nueva manera de entenderlo. Lo que el yerno de Karl Marx criticaba era la explotación capitalista del trabajo, aquella que propugna la ética burguesa y que lo convierte en un sufrimiento, en un dolor parecido al que provocaba el patibulario tripalium, antiguo instrumento de tortura cuyo nombre derivó con el paso del tiempo en el sustantivo que hoy conocemos. Lafargue también proponía, como más tarde haría Keynes, una jornada de trabajo de tres horas diarias argumentando que eran suficientes para la subsistencia humana. Tomás Moro, en su libro Utopía, proponía seis y Bertrand Russell consideraba que bastaba con cuatro. Estos datos, que sorprenderán a más de uno, los recoge Jorge Riechmann en su reciente libro publicado por Catarata ¡Peligro! Hombres trabajando. El trabajo en la era de la crisis ecológico-social.

Posiblemente, no existe en la actualidad ningún término politico-económico que refleje tan bien la ambivalente condición humana como la noción de trabajo. Y en el libro de Riechmann encontramos el porqué. Junto con la naturaleza y el capital, el trabajo es considerado por la economía clásica como uno de los tres factores de producción capitalista. Ahora bien, sólo el trabajo y la naturaleza son factores productivos por sí mismos, es decir, que solos o combinados entre ellos son capaces de producir y crear. El capital, mal que les pese a algunos, precisa de la combinación con los otros dos para llegar a ser productivo. Paradójicamente, su productividad también puede resultar sumamente destructiva si se combina con el trabajo de forma descontrolada, como sucede ahora en lo que da en llamar con acierto “mundo postfosilista”, esto es, un mundo lleno en el que la naturaleza —a diferencia del trabajo y el capital— se agota irremediablemente sin que exista ninguna posibilidad de reproducirla. Pero, volviendo a nuestro tema, ¿qué es lo que hace que el trabajo sea hoy un concepto tan ambiguo? ¿Por qué unos lo ven como algo bueno y necesario mientras que otros lo consideran una nueva forma de esclavitud que tiene que ser abolida? El autor no ignora los 12,3 millones de trabajadores forzosos que según la OIT existen en la actualidad en todo el mundo. Como tampoco la división clasista y sexual del trabajo que devino con la industrialización y la consiguiente implementación de salarios ligados al factor tiempo. Su esfuerzo, por el contrario, se concentra en subrayar aquellos aspectos del mismo que favorecen el cumplimiento humano y la sustentabilidad de la vida en el planeta. Habla de trabajo productivo, pero también, y esto hay que remarcarlo, de trabajo reproductivo: ese trabajo sistemáticamente ignorado, silenciado y menospreciado -pero tan indispensable para la vida humana y la pervivencia del sistema- que se ocupa de los cuidados (cuidado del hogar, de las personas, de las relaciones afectivas, etc,) y que tan injustamente viene desempeñando la mujer. Como nos advierte: “Preservar y cuidar lo que hay tendrá en general más importancia que producir y crear lo que no hay". Quizás, si se comprende el trabajo en las tres dimensiones básicas que propone E. F. Schumacher en su libro “El buen trabajo” (producción, autorrealización y socialización), es más fácil entender por qué es una palabra tan ambigua. Porque lo determinante es cómo producir, cómo autorrealizarse y cómo socializarse. Recuerda también que no hay que huir del trabajo manual, sino que debemos recuperarlo y revalorizarlo culturalmente para construir una nueva ética del trabajo que sea más igualitaria y sustentable. Todo esto, entre otras cosas, es lo que defiende Riechmann.

¡Peligro! Hombres trabajando está dividido en dos partes muy bien diferenciadas. La primera corresponde a la introducción del libro en la que Riechmann aborda todas las cuestiones sobre el trabajo a las que se ha hecho referencia aquí. La segunda, está conformada por una extensa selección de artículos recopilados por el autor con la colaboración de Carmen Madorrán y María Echavarría, que extrañamente solo se agrupan por título, sin un orden cronológico ni criterio temporal que facilite su aprehensión, lo que hace que acaben resultando bastante prescindibles; tanto más cuanto que lo más sustancial y revelador del libro se encuentra en la parte introductoria. Por lo demás, Riechmann hace bueno el dicho de Gracián de “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Su introducción es un trabajo rico y minucioso que atesora datos de gran interés, citas reveladoras y multitud de reflexiones personales que invitan a replantearse muchas cosas del orden actual, incluidas también propuestas tan controvertidas como la Renta Básica Universal a la que da oportuna réplica. Se convierte así en un excelente libro de consulta, de aquellos indispensables que conviene tener siempre a mano, y cuya lectura siempre será recomendable.

En el contexto actual, en un país con seis millones de desempleados y en donde trabajar no garantiza la subsistencia de muchas familias, es importante recuperar, como hace Riechmann, una idea de trabajo común que nos ayude a reformular una nueva ética desligada de los intereses burgueses: una nueva ética del trabajo que promueva la igualdad, la sustentabilidad ecológica y en la que los de abajo sean sus principales protagonistas. El reto no es pequeño, pero es esperanzador y nos alienta a unir esfuerzos y a reivindicar el Jeito, ese esfuerzo por hacer las cosas bien y por cumplir con nuestras obligaciones para con los demás que nos permita autoconstruirnos como sociedades decentes y como personas que valgan la pena.


Peligro! Hombres trabajando. El trabajo en la era de la crisis ecológico-social. Jorge Riechmann. Ediciones la Catarata. 2013. Madrid. 207 págs.

viernes, 9 de agosto de 2013

ANATOMÍA DE UNA OPRESIÓN


 




Si hoy preguntáramos por la situación de la mujer es muy probable que todos, o una gran mayoría, coincidirían en afirmar que se encuentra en igualdad de condiciones con el hombre, lo que, sin ser cierto del todo, ya significa mucho y es muy revelador del reconocimiento cada vez mayor que tienen las mujeres como sujetos co-protagonistas de la historia. Pero no deja de sorprender que, a pesar de ello, existen todavía muchas reticencias socio-culturales y político-legales a reconocer la “mayoría de edad” de las mujeres en dos aspectos tan relevantes como la prostitución y el aborto, en los que, paradójicamente, sí que son -ellas-, veraderamente, las únicas protagonistas. El libro de Gail Phetereson, Mujeres en flagrante delito de independencia, invita constantemente al tipo de reflexión crítica que conduce a cuestionarse muchas cosas de la sociedad actual; ayuda a comprender de forma breve, clara y concisa qué es lo que hay detrás de dichas reticencias a otorgar plenos derechos a la mujer en todo aquello que le corresponde por derecho propio.

Es imposible mejorar el resumen que Dolores Juliano hace del libro en su excelente prólogo, en donde, además, encontramos valiosas aportaciones que complementan el exhaustivo trabajo hecho por Pheterson. Por ejemplo, ¿quién es consciente de los sistemas de control social que impone nuestra sociedad? Dice Dolores Juliano que, mientras que la vida del hombre sólo está sujeta al control formal impuesto por esta, y que se basa en normas y leyes escritas, la mujer, además de la obligación de responder a estas, está constantemente sometida al control informal, no escrito, que viene impuesto por la tradición, las costumbres o la religión, y que suele ser ejercido tanto en el ámbito privado -por la familia-, como públicamente. Como muy bien apunta: “El verdadero problema no consiste en averiguar por qué una persona decide ganarse la vida con el trabajo sexual, sino en entender por qué la sociedad reprueba de tal manera esta opción, que se transforma en el modelo mismo de las conductas estigmatizadas”.

El libro, como su título indica, parte de la premisa fundamental de que la sociedad de los hombres* no puede tolerar de ningún modo que la mujer sea autónoma e independiente porque ello pondría en grave riesgo el disfrute de unos privilegios que a pesar de considerar como propios, no le son inherentes. Para explicarlo, Pheterson va desde lo micro hasta lo macro, desde el sistema de sexo/género, a los casos clínicos de un hombre y una mujer donde se puede apreciar con claridad cómo opera dicho sistema y qué consecuencias tiene para uno y otro sexo. La desigualdad que esto provoca se manifiesta en ejemplos que la autora considera paradigmáticos. Por un lado, la prostitución -entendida como actividad económica que contraviene las normas legales y la moralidad pública- y cuya falta de regulación y reconocimiento la convierte en la actividad más infamada, social y políticamente; por otro lado, el embarazo/aborto, que a pesar de ser un proceso orgánico que se manifiesta únicamente en las mujeres, es sometido a control gubernamental por medio de leyes que restringen, cuando no prohíben, su interrupción voluntaria. Como recuerda la autora: “En realidad, el aborto practicado en buenas condiciones es catorce veces menos peligroso que un parto vaginal, cuarenta y una veces menos peligroso que una cesárea y a menudo menos peligroso que los anticonceptivos hormonales”. Lo que hay detrás de todo esto, y que es impensable que suceda tratándose de hombres, es el control por parte del Estado de la posibilidad de independencia de las mujeres. En realidad, interesa más el feto en tanto que "futura mano de obra no reconocida como tal", que la propia mujer y sus condiciones de vida. Y si se aparta de la norma tiene que ser castigada, como sucede con las trabajadoras sexuales, que no pueden ejercer libremente su profesión sin ser estigmatizadas por ello. Es interesante, en este punto, saber qué papel juega el feminismo, y Pheterson explica muy bien cuáles son los distintos puntos de vista y sus implicaciones. A grandes rasgos existen dos grandes corrientes feministas, las anti-violencia, que parten de la consideración que todo aquello que menoscaba la dignidad de la mujer (como la pornografía, la prostitución y la  trata de mujeres) tiene que prohibirse y ser erradicado, en tanto que violencia ejercida por los hombres sobre esta –lo que a menudo las sitúa en posiciones pro-gubernamentales. Y las pro-derechos, que persiguen la despenalización de la prostitución y la regulación de esta actividad, con el correspondiente reconocimiento de derechos, al tiempo que denuncian la violencia institucional existente contra las mujeres y que es ejercida por medio de leyes impuestas por hombres.

Si fuera posible hacer un diagnóstico de la sociedad actual, este libro sería una excelente “radiografía social” que nos ayuda a comprender mejor por qué la dependencia de los hombres hacia las mujeres se ha ido transformando, ya desde una temprana edad histórica, en un complejo sistema social basado en el control, la opresión y marginalización de las mujeres -y otros sujetos “débiles” o anormales- por medio del uso de la fuerza y de la creación de un conjunto de imperativos sociales cuya misión es ser interiorizados por cada individuo a través de la cultura. Pheterson introduce conceptos novedosos y, en mi opinión, acertados, que sirven para construir un verdadero vocabulario emancipador de la mujer. Entender qué es el sistema de sexo/género, la sexidumbre, la ideología de sexo o el continuum de retribuciones económico-sexuales en el contexto de las relaciones heterosexuales, puede servir de gran ayuda para comprender el porqué de muchos fenómenos opresores actuales, que implican por igual, aunque de forma distinta, a hombres y mujeres. Sólo por una cuestión de urgencia y desequilibrio históricos, libros como este merecen todo la atención y su lectura está completamente justificada.

 
* Por sociedad de los hombres entiendo a cualquier comunidad humana que se ha fundado, cultural y políticamente, sobre una concepción de lo humano que no incluye a la mujer, a la que se relega a las funciones propias de su condición en tanto que hembra.



Mujeres en flagrante delito de indpendencia. Gail Pheterson. Traducción del José Miguel Marcén. Edicions Bellaterra. Barcelona, 2013. 98 páginas. 12€