lunes, 13 de enero de 2014

GUÍA PARA UN FUTURO POLÍTICO



En 1999, en el transcurso de una reunión de activistas y académicos en Amherst (Massachussets, Estados Unidos), uno de los asistentes fue tachado de “demasiado lógico”, en el bien entendido de que no se le criticaba por hacer un uso inadecuado de la lógica sino, más bien, de hacer un uso excesivo de ella. Se le acusó, en suma, de presentar demasiadas evidencias, hipótesis y argumentos, y muy pocas descripciones emotivas, lo cual se consideraba como manifiestamente imperdonable. Esta es una de las tantas anécdotas que podemos encontrar en el libro de Eugenio del Río De la indignación de ayer a la de hoy. Transformaciones ideológicas en la izquierda alternativa en el último siglo en Europa occidental, editado por Talasa. La cita pone de relieve el antirracionalismo como una de las grandes cuestiones que a juicio del autor el pensamiento de izquierdas, entendido como una gran argamasa ideológica, debe afrontar y repensar seriamente si quiere hacer frente con éxito a los retos que la crisis del modelo político actual impone a una gran mayoría ciudadana.

Concebido como un itinerario, o guía de consulta, para la reflexión crítica, el libro hace un exhaustivo análisis de lo que hoy entendemos por izquierdas alternativas, lo que no es una tarea fácil si atendemos a todas las transformaciones e hibridaciones que desde sus orígenes -que el autor sitúa allá por 1889, con la fundación de la Segunda Internacional Socialista- la Izquierda ha sufrido a lo largo de la historia en Europa occidental. No obstante, su interés se centra en el subgrupo de izquierdas radicales o revolucionarias -de las que él mismo formó parte durante muchos años como miembro del Movimiento Comunista de España- que más tarde se disgregarían para formar el gran mosaico de organizaciones y movimientos políticos y sociales contestatarios de la actualidad. Del Río desglosa muy bien cómo se llega, de los grandes partidos socialdemócratas de principios del siglo XX, al movimiento antiglobalización -y todos sus correlatos- de la primera década del siglo actual. La nueva izquierda o izquierda moderna, de la que surgen los principales partidos políticos de izquierda actuales, aparece en los años cincuenta tras un período de guerras y revoluciones de gran magnitud, ocurridas en el continente europeo tras el estallido de la I Guerra Mundial; pero se desarrollará y acabará configurando durante las tres décadas posteriores por influencia de acontecimientos tan importantes como la Revolución cubana, la Guerra de independencia de Argelia, la Revolución Cultural china o la Guerra del Vietnam. Las referencias históricas se mezclan con el minucioso examen del sustrato ideológico que ha ido pergeñando el pensamiento de la izquierda radical hasta nuestros días; la influencia de revistas como Partisans o The New LeftReview, así como la “pasión revolucionaria” alentada por los episodios históricos más relevantes en cada momento de este período -que abarca casi cincuenta años-, son tratados con especial atención. El autor considera el marxismo como el epicentro de todo ese magma ideológico que surge de la experiencia histórica y de las pasiones renovadas de una sociedad atravesada también por ideales románticos que tan bien encarnan los nacionalismos actuales. En la primera parte del libro, se ocupa de analizar en profundidad la influencia del marxismo y su -como bien conviene en llamar- “fuerza y debilidad”; revela sus principales aciertos, contradicciones y paradojas, pero recalca sobre todo las mutaciones que ha sufrido en el transcurso de los años, muchas de las cuales nutren el imaginario actual de las autoproclamadas vanguardias de la izquierda revolucionaria. Cuestiones como el uso de la violencia o el desprecio que éstas muestran por la ciencia, lo occidental o la verdad son puestas sobre el tapete y miniaturizadas hasta dejarlas en evidencia. Tres apéndices (sobre el 15M, la generación antifranquista y las aportaciones de la Revolución Cultural china) completan su excelente trabajo.

El libro de Eugenio Del Río es riguroso, generoso y de buena factura; su lectura es amena y su prosa clara y entendible para cualquiera que se lo proponga. Además, cuenta con valiosísimos cuadros, esquemas y resúmenes que ayudan a visualizar con facilidad y rapidez de dónde viene y por dónde ha discurrido esa cosa que llamamos “Izquierda”. La única observación que se me ocurre hacer es que a veces cuesta un poco definir con exactitud el alcance del concepto de “Izquierda alternativa”, si bien ello no dificulta para nada la comprensión global de la obra y el lector acaba por situarlo de forma bastante intuitiva (pero es un detalle que desde una perspectiva logicista puede llegar a fastidiar a más de uno).

De la indignación de ayer a la de hoy es un manual, una guía, un recurso indispensable para poderse orientar con claridad en medio de la densa niebla que cubre el horizonte de la Izquierda en estos momentos de confusión generalizada. Por su alegato a favor de la ciencia, de la verdad, de “lo occidental” -entendido esto como la encarnación de la modernidad democrática que ha posibilitado los mayores avances para el conjunto de la humanidad- es una obra de orfebrería analítica que no permite ningún juicio emocional: se lee, se entiende y se asimila. El libro llama a la honestidad política, pero también a la humana; llama a la humildad y a la ponderación en el juicio; no concibe revoluciones donde “no hay asideros empíricos que la posibiliten”. En definitiva, propugna una suerte de ciencia comunista que sea capaz de recuperar aquel “método científico” que la llevó a protagonizar, en el pasado, las más grandes conquistas logradas en beneficio de millones de hombres y mujeres en todo el mundo. Una ciencia que nos sirva, al fin y al cabo, para poder hacer frente, de la forma más segura y predecible, al incierto futuro que se nos cierne.


De la indignación de ayer a la de hoy. Transformaciones ideológicas en la izquierda alternativa en el último siglo en Europa occidental. Eugenio del Río, TALASA Ediciones, 2012. Madrid. 279 págs.

sábado, 9 de noviembre de 2013

LA UTILIDAD DE LA FILOSOFÍA

 
 
Cuando Sócrates demostró a Menón que sí que era posible conocer, lo hizo de una manera muy admirable e insólita; mandó traer un esclavo y después de dibujar un cuadrado en el suelo le preguntó si sería capaz de hacer uno el doble de grande. Por medio de las preguntas que Sócrates le iba haciendo, el esclavo logró, finalmente, dibujar un cuadrado el doble de grande sobre la diagonal del primero, aplicando correctamente lo que, sin saberlo, era el Teorema de Pitágoras. Frente a esta demostración tan incontestable, Menón no tuvo más remedio que aceptar que estaba de acuerdo con el esclavo y, por lo tanto, que ambos eran iguales ante la resolución de dicho teorema. Este episodio, muy bien traído por Carlos Fernández Liria en su ¿Para qué servimos los filósofos?, explica el importantísimo papel que jugó la geometría en el nacimiento de la filosofía en Grecia y en el posterior desarrollo de la cultura Occidental, sentando las bases de la Ciencia y el Derecho.
 
El lema impuesto por el Dios Mercado al nuevo modelo universitario europeo “La universidad al servicio de la sociedad”, que se plasmó en 1999 con la implantación del Plan Bolonia y el nuevo Espacio Europeo de Estudios Superiores (EEES), sirve a Fernández Liria para articular todo un discurso demoledor en contra del desmantelamiento, casi definitivo, del proyecto ilustrado que desde Tales, pasando por Platón y Aristóteles hasta llegar a Kant y Hegel, veía en el Estado de Derecho el mejor de los gobiernos posibles, pero no tal como se entiende ahora, sino tal como debería haber sido de no haberlo impedido el capitalismo; es decir, entendido como el gobierno de la razón y de-sus-leyes, no de los hombres. Dicho lema, sin embargo, encierra el paradigma de la sinrazón actual o, sencillamente, una mentira; pues como muy bien señala el autor, cuando se habla de “la universidad al servicio de la sociedad”, a lo que los ideólogos del Plan Bolonia se estaban refiriendo era, en realidad, a los mercados y a la posibilidad de que los nuevos estudios universitarios respondieran adecuadamente a los intereses y demandas de este. Así, bajo un aparente barniz de razón y generosidad, el autor denuncia la pasividad, cuando no entusiasmo, con el que gran parte del mundo académico recibió la supuesta “revolución” educativa, que llegaba con la promesa de desempolvar la vieja cátedra de los doctores. Y aquí es donde la filosofía juega -siempre ha jugado, de hecho- un papel importante en tanto que observatorio de la realidad, pero bajo un lema bien distinto: “razón, verdad y justicia”. Es importante subrayar esto, ya que son precisamente estas tres cosas las que hacen, justamente, que valga la pena vivir nuestras vidas. El libro repasa las aportaciones más valiosas que desde sus orígenes en Grecia, allá por el siglo VI a.C., ha hecho la filosofía a lo largo de la historia. No son pocas y Fernández Liria se ocupa de desarrollarlas e interrelacionarlas, recordando sus hitos más significativos; muestra, por ejemplo, como la razón, la justicia o la fraternidad, alumbraron avances tan importantes como la ciencia, el derecho y sus correspondientes conquistas ulteriores, como el hiperdesarrollo científico o la Revolución Francesa, por citar algunos ejemplos. También explica muy bien por qué el progreso debe definirse en relación a las libertades ganadas y no en relación a los adelantos que suponga en el tiempo; o por qué la razón necesita de condiciones materiales para realizarse, y lograr así sobreponerse a la insaciable voracidad del tiempo. Acaba el libro reivindicando la función catalizadora de la filosofía que tiene la capacidad de transformar cada esbozo de realidad en conocimiento inteligible, lo que no es poco, si tenemos en cuenta que cada vez resulta más difícil y costoso el acceso a la verdad.
 
¿Para qué servimos los filósofos? Es un libro muy bien madurado y trenzado que abarca muchos de los grandes temas que ayudan a entender mejor por qué se ha llegado a la situación actual y por qué es la universidad, precisamente, una de las piezas clave en las posibilidades de progreso que todavía conservamos. Quizás, el título escogido no hace justicia al libro y podría disuadir a más de un potencial lector antes de comprarlo o de tomarlo prestado en alguna biblioteca -pública, por supuesto-. Pero esto debe entenderse como un detalle menor si se tiene en cuenta la excelente exposición de todo el conjunto.
 
Su lectura, por tanto, es más que recomendable para todos aquellos que quieran comprender la importancia que tiene, ha tenido -y esperemos que siga teniendo- la filosofía en el desarrollo de las sociedades humanas más allá de Occidente, muy especialmente por lo que respecta a la ciencia y el derecho que, como dice Fernández Liria, son los únicos aspectos civilizatorios que nos permiten saber si avanzamos o retrocedemos cuál brújula de la historia. Después de leer el libro sabemos, por ejemplo, que la proliferación de contratos eventuales en el ámbito universitario -especialmente los de profesores que no han tenido que defender para ello ninguna oposición pública- no responde, como algún ingenuo podría pensar, al interés por reforzar la excelencia educativa ni a un súbito incremento de los alumnos, sino más bien a las exigencias impuestas por un nuevo modelo de universidad, mercantilizado y papanatista, que está mucho más interesado en fomentar el espíritu capitalista del sistema que en seguir siendo estandarte de la verdad. Es por todo ello que conviene no olvidar uno de los mensajes fundamentales del libro, el de que sería un error pensar que la filosofía es una cuestión puramente teórica, pues además de haber posibilitado el desarrollo científico, también puede ser una herramienta inmejorable para la formación ético-política de las personas.
 
 
¿Para qué servimos los filósofos?, Carlos Fernández Liria. Los libros de la Catarata, 2012. 155 págs. 14€

viernes, 4 de octubre de 2013

LA HERIDA TECNOLÓGICA



El hecho de que a finales de 2011 desapareciera la única subvención pública que recibían revistas culturales tan reconocidas y de tan larga trayectoria como Le Monde Diplomatique o El Viejo Topo, consistente en la compra de suscripciones con destino a las bibliotecas públicas, es algo que pasó desapercibido para el común de la gente sin que mediara protesta alguna en defensa de la democracia informativa. Pascual Serrano nos recuerda este dato en su reciente libro La comunicación jibarizada. Cómo la tecnología ha cambiado nuestras mentes para llamarnos la atención sobre la creciente vacuidad del periodismo actual, y de cómo este deviene síntoma de una transformación social más profunda en la manera de pensar, de informar y de comunicarse.
 
El libro intenta explicar las nefastas consecuencias que el “binomio” formado por las nuevas tecnologías e internet ha tenido en la institución de una nueva sociedad de la información, caracterizada en su mayor parte por lo que el autor ha acertado en llamar “jibarización”. El término resulta apropiado en tanto que refiere al secreto guardado por una tribu del Amazonas, los jíbaros, que tienen la peculiar habilidad de momificar cabezas humanas, manteniendo perfectamente sus rasgos. De ahí que jibarizar quiera decir “reducir el tamaño o la importancia de algo”. La cabeza momificada de los jíbaros se convierte así en una poderosa metáfora que ayuda a explicar mejor en qué consiste exactamente esa jibarización de la comunicación y el pensamiento en un contexto informativo que se define por la sobreabundancia, la inmediatez y el culto a la brevedad. Pascual Serrano explica muy bien en su Introducción cuál es el propósito del libro, de advertencia frente a las nuevas tecnologías, y frente a lo que considera una paradoja preocupante, como es la tendencia por parte de medios y personas a la reducción simplificadora de una realidad sumamente compleja. El autor repasa a lo largo de sus páginas muchos de los avances producidos por la innovación tecnológica, y hace especial hincapié en algunos de los más recientes, como las redes sociales Twitter y Facebook, los llamados Memes o el omnipresente y casi omnisciente Google. En cualquier caso, como muy bien apunta,  todas estas innovaciones van ligadas a los intereses subterráneos de las grandes empresas y multinacionales que se ven beneficiadas por este desplazamiento de lo real a lo virtual, lo cual llama a interrogarse una vez más por el papel que jugamos nosotros como usuarios de estas tecnologías, y a preguntarse, también,  hasta qué punto la democratización en el acceso a la información ha implicado una mejora sustancial para el conjunto de la ciudadanía. Quizás, el hecho de que la “pantalla encendida” haya acabado por sustituir a la letra escrita es ya, de por sí, muy significativo de las transformaciones vividas en este ámbito tan decisivo. Como dice Serrano, la nueva sociedad de la información «combina lo útil y lo agradable, la propaganda y la ilusión, supedita el sujeto al objeto, el contenido al continente, el fondo a la forma y el mensaje al medio». Especialmente interesantes resultan los capítulos dedicados a analizar las redes sociales y los objetivos ideológicos que subyacen en todo este proceso de conversión, que nos ha hecho pasar de un mundo analógico a otro virtual, modificando con ello todas las pautas humanas de comportamiento frente a la realidad. Al respecto, el autor cuestiona la importancia que se les ha dado como supuesto agente de cambio y transformación social; cambio, por otro lado, solo observable en el mundo virtual y que no deja ser un espejismo que ha despojado a muchos pretendidos intelectuales de sus máscaras. También llama la atención sobre el supuesto carácter progresista y democratizador atribuido a las redes sociales, que no hacen más que reproducir un «modelo de funcionamiento reaccionario y conservador», con jerarquías basadas en el reconocimiento mediático, más que en los méritos intelectuales y académicos de muchos de sus “famosos”. Por todo ello, Pascual Serrano reivindica, como propuestas para superar este nuevo escenario comunicacional multidifuso, recuperar cuanto antes los formatos, los contenidos y las actitudes de antaño: estableciendo redes reales en sustitución de las virtuales; reforzando el protagonismo de los libros como estandarte para la difusión de conocimientos e ideas potencialmente transformadoras, y fomentando una nueva cultura del esfuerzo que pueda hacer frente al nuevo canto de sirenas tecnológico.
 
Si hay que ponerle alguna pega al libro, es quizás su excesiva fragmentación y la sobreabundancia de referencias y citas. Si bien, por su cuidada selección, la sobreabundancia no supone desorientación ni aturdimiento, sino más bien nutritiva sustancia que resulta muy útil para estimular ese sano ejercicio que es la reflexión no autocomplaciente. Cabe decir, por último, y a modo de sugerencia, que un glosario o índice analítico final hubiera sido de gran utilidad para concretar así su marcado espíritu pedagógico.
 
No puedo hacer más, por tanto, que acabar recomendado la lectura de este libro por su claro acento admonitorio y por la rica descripción que hace de los síntomas de esa enfermedad que padecemos, que bien podría llamarse, como sugiere el autor, jibarización. También, y no menos importante, porque concreta con propuestas claras y bien fundamentadas cómo hacer frente al «tsunami de superficialidad y banalidad al que estamos asistiendo» hoy. Su lectura, en definitiva, nos hace tomar conciencia de la herida cultural dejada por ese binomio fatal de las nuevas tecnologías e internet que, igual que una cabeza momificada de jíbaro, ha reducido el vasto y complejo mundo de la comunicación a una mera y bondadosa apariencia.
 
 

*    La comunicación jibarizada. Cómo la tecnología ha cambiado nuestras mentes. Pascual Serrano. Ediciones Península, 2013. 204 páginas. 13’50€