jueves, 15 de mayo de 2014

LA ERA DEL NACIONALCAPITALISMO ECOCIDA


En 1995, el reconocido biólogo Ernst Mayr sostuvo que sería muy poco probable encontrar vida inteligente en otros planetas con el inquietante argumento de que nuestra especie es una mutación letal que está condenada a extinguirse en poco tiempo. Según Mayr, lo que nos convierte en tan fatídica mutación es la concurrencia de dos factores de suma importancia desde un punto de vista evolutivo: somos una especie inteligente y numerosa. Lo hizo en un debate mantenido con el astrofísico Carl Sagan, en torno a la posibilidad de encontrar vida inteligente más allá de la Tierra. Esta anécdota la explica Noam Chomsky en una de las conferencias recogidas y traducidas por Jorge Majfud en el libro Ilusionistas. Con ella, el intelectual norteamericano quiere llamar la atención acerca de la necesidad de tomar conciencia de la magnitud del problema global que supone la degradación del medio ambiente provocada por el desarrollo insostenible de un orden mundial racionalizado irracionalmente.

A lo largo de las cuatro conferencias, el célebre lingüista intenta explicar cómo hemos llegado hasta aquí; y lo hace subrayando, en primer lugar, la importancia que ha tenido —y tiene todavía hoy— la cultura del imperialismo que los Estados Unidos empezaron a gestar a principios del siglo pasado. En efecto, desde su independencia, los EE.UU. han ido configurando por la fuerza un nuevo orden mundial hegemónico hecho a la medida de sus intereses, principalmente económicos pero también militares (siendo, estos últimos, los que en primera y última instancia garantizan los primeros). Además, Chomsky ilustra eficazmente cómo esto ha sido posible: por un lado, por ser EE.UU. un país forjado sobre la base de un sistema de gestión empresarial que ha podido desarrollarse al margen de los tratados económicos que regían las relaciones comerciales entre las principales potencias europeas hasta finales del siglo XIX (y, más concretamente, por haberlo hecho pasando por encima del cadáver de Adam Smith); por el otro, por haber tenido la gran sagacidad de hacerlo enarbolando la bandera de las democracias europeas —prometiendo, por tanto, todos los principios y valores que estas conllevan— mientras que deliberadamente hacía —y hace— todo lo contrario. Dicho de otro modo: se ha comportado las más de las veces como un Estado totalitario global que dicta todas las políticas del mundo occidental e influye directamente en todas las demás, en tanto que potencia económica y militar más importante del planeta. Por último, pero no menos importante, por el uso muy oportuno de una innovación jurídica que ellos mismos crearon para legitimar el bombardeo sobre Libia en 1989 pero que hunde sus raíces en los acuerdos que Occidente (bajo el liderazgo de Woodrow Wilson) tomó en 1918 para hacer frente al “peligro” ruso tras la Revolución de Octubre: el llamado “derecho a la legítima defensa en contra de ataques futuros”. Desde entonces, la invocación a este derecho les ha permitido legitimar interna e internacionalmente todas las guerras, ocupaciones e invasiones en las que ha participado o de las que ha sido protagonista. Y siempre en nombre de la Democracia, por supuesto. De hecho, la tergiversación deliberada del concepto de Democracia tal y como Occidente lo ha conocido durante casi cien años es una de las claves del éxito que ha permitido a los EEUU convertirse en la principal potencia predadora de la Tierra sin que apenas lo haya notado la mayor parte de la población mundial.

Chomsky no se olvida de citar los nombres e instituciones que están detrás de este plan perfectamente programado desde que los máximos mandatarios del nuevo país emergente se dieron cuenta de que podían convertirse en los amos del mundo. Y también traza una breve cronología de la consolidación del Imperio: primero con la anexión de Texas y México, seguidamente con Haití y la República Dominicana, Cuba, Canadá (donde fracasaron), y más tarde con Venezuela, pasando por América Central y hasta el establecimiento de lo que denominaron la nueva Gran Área de interés geoestratégico, que no era otra que Oriente Medio. Así, paralelamente a presidentes como Wilson, Reagan, Bush I, Clinton, Bush II y Obama, destacan instituciones como la CIA o Wall Street, que en perfecta connivencia han logrado sus objetivos de poder, dominación e influencia mundial. Y es en este contexto donde las grandes corporaciones y el sistema financiero han jugado un papel destacado.

Ilusionistas es un libro notable, perfectamente ensamblado y en donde cabe destacar el prólogo de Jorge Majmud, que facilita una mejor comprensión del libro y ofrece unas interesantísimas aportaciones en línea con el pensamiento chomskiano. Es, en definitiva, en una edición muy cuidada que merece toda nuestra atención.

Hoy, quizás más que nunca, conviene reivindicar la lucidez, la generosidad y la sabiduría de una intelectual de la talla de Chomsky, de quien a veces parece que, por ser el intelectual vivo más citado del mundo, ya se sabe todo. Las reflexiones que contiene Ilusionistas me parecen clave para la comprensión del Orden Mundial engendrado por EE.UU. y de valor inestimable por su potencialidad revolucionaria; máxime en un momento en que, como recuerda el autor, la grave crisis ecológica que estamos padeciendo se ha convertido en una externalidad más del sistema económico-financiero que, si no conseguimos revertir, será letal para toda la humanidad.

lunes, 13 de enero de 2014

GUÍA PARA UN FUTURO POLÍTICO



En 1999, en el transcurso de una reunión de activistas y académicos en Amherst (Massachussets, Estados Unidos), uno de los asistentes fue tachado de “demasiado lógico”, en el bien entendido de que no se le criticaba por hacer un uso inadecuado de la lógica sino, más bien, de hacer un uso excesivo de ella. Se le acusó, en suma, de presentar demasiadas evidencias, hipótesis y argumentos, y muy pocas descripciones emotivas, lo cual se consideraba como manifiestamente imperdonable. Esta es una de las tantas anécdotas que podemos encontrar en el libro de Eugenio del Río De la indignación de ayer a la de hoy. Transformaciones ideológicas en la izquierda alternativa en el último siglo en Europa occidental, editado por Talasa. La cita pone de relieve el antirracionalismo como una de las grandes cuestiones que a juicio del autor el pensamiento de izquierdas, entendido como una gran argamasa ideológica, debe afrontar y repensar seriamente si quiere hacer frente con éxito a los retos que la crisis del modelo político actual impone a una gran mayoría ciudadana.

Concebido como un itinerario, o guía de consulta, para la reflexión crítica, el libro hace un exhaustivo análisis de lo que hoy entendemos por izquierdas alternativas, lo que no es una tarea fácil si atendemos a todas las transformaciones e hibridaciones que desde sus orígenes -que el autor sitúa allá por 1889, con la fundación de la Segunda Internacional Socialista- la Izquierda ha sufrido a lo largo de la historia en Europa occidental. No obstante, su interés se centra en el subgrupo de izquierdas radicales o revolucionarias -de las que él mismo formó parte durante muchos años como miembro del Movimiento Comunista de España- que más tarde se disgregarían para formar el gran mosaico de organizaciones y movimientos políticos y sociales contestatarios de la actualidad. Del Río desglosa muy bien cómo se llega, de los grandes partidos socialdemócratas de principios del siglo XX, al movimiento antiglobalización -y todos sus correlatos- de la primera década del siglo actual. La nueva izquierda o izquierda moderna, de la que surgen los principales partidos políticos de izquierda actuales, aparece en los años cincuenta tras un período de guerras y revoluciones de gran magnitud, ocurridas en el continente europeo tras el estallido de la I Guerra Mundial; pero se desarrollará y acabará configurando durante las tres décadas posteriores por influencia de acontecimientos tan importantes como la Revolución cubana, la Guerra de independencia de Argelia, la Revolución Cultural china o la Guerra del Vietnam. Las referencias históricas se mezclan con el minucioso examen del sustrato ideológico que ha ido pergeñando el pensamiento de la izquierda radical hasta nuestros días; la influencia de revistas como Partisans o The New LeftReview, así como la “pasión revolucionaria” alentada por los episodios históricos más relevantes en cada momento de este período -que abarca casi cincuenta años-, son tratados con especial atención. El autor considera el marxismo como el epicentro de todo ese magma ideológico que surge de la experiencia histórica y de las pasiones renovadas de una sociedad atravesada también por ideales románticos que tan bien encarnan los nacionalismos actuales. En la primera parte del libro, se ocupa de analizar en profundidad la influencia del marxismo y su -como bien conviene en llamar- “fuerza y debilidad”; revela sus principales aciertos, contradicciones y paradojas, pero recalca sobre todo las mutaciones que ha sufrido en el transcurso de los años, muchas de las cuales nutren el imaginario actual de las autoproclamadas vanguardias de la izquierda revolucionaria. Cuestiones como el uso de la violencia o el desprecio que éstas muestran por la ciencia, lo occidental o la verdad son puestas sobre el tapete y miniaturizadas hasta dejarlas en evidencia. Tres apéndices (sobre el 15M, la generación antifranquista y las aportaciones de la Revolución Cultural china) completan su excelente trabajo.

El libro de Eugenio Del Río es riguroso, generoso y de buena factura; su lectura es amena y su prosa clara y entendible para cualquiera que se lo proponga. Además, cuenta con valiosísimos cuadros, esquemas y resúmenes que ayudan a visualizar con facilidad y rapidez de dónde viene y por dónde ha discurrido esa cosa que llamamos “Izquierda”. La única observación que se me ocurre hacer es que a veces cuesta un poco definir con exactitud el alcance del concepto de “Izquierda alternativa”, si bien ello no dificulta para nada la comprensión global de la obra y el lector acaba por situarlo de forma bastante intuitiva (pero es un detalle que desde una perspectiva logicista puede llegar a fastidiar a más de uno).

De la indignación de ayer a la de hoy es un manual, una guía, un recurso indispensable para poderse orientar con claridad en medio de la densa niebla que cubre el horizonte de la Izquierda en estos momentos de confusión generalizada. Por su alegato a favor de la ciencia, de la verdad, de “lo occidental” -entendido esto como la encarnación de la modernidad democrática que ha posibilitado los mayores avances para el conjunto de la humanidad- es una obra de orfebrería analítica que no permite ningún juicio emocional: se lee, se entiende y se asimila. El libro llama a la honestidad política, pero también a la humana; llama a la humildad y a la ponderación en el juicio; no concibe revoluciones donde “no hay asideros empíricos que la posibiliten”. En definitiva, propugna una suerte de ciencia comunista que sea capaz de recuperar aquel “método científico” que la llevó a protagonizar, en el pasado, las más grandes conquistas logradas en beneficio de millones de hombres y mujeres en todo el mundo. Una ciencia que nos sirva, al fin y al cabo, para poder hacer frente, de la forma más segura y predecible, al incierto futuro que se nos cierne.


De la indignación de ayer a la de hoy. Transformaciones ideológicas en la izquierda alternativa en el último siglo en Europa occidental. Eugenio del Río, TALASA Ediciones, 2012. Madrid. 279 págs.

sábado, 9 de noviembre de 2013

LA UTILIDAD DE LA FILOSOFÍA

 
 
Cuando Sócrates demostró a Menón que sí que era posible conocer, lo hizo de una manera muy admirable e insólita; mandó traer un esclavo y después de dibujar un cuadrado en el suelo le preguntó si sería capaz de hacer uno el doble de grande. Por medio de las preguntas que Sócrates le iba haciendo, el esclavo logró, finalmente, dibujar un cuadrado el doble de grande sobre la diagonal del primero, aplicando correctamente lo que, sin saberlo, era el Teorema de Pitágoras. Frente a esta demostración tan incontestable, Menón no tuvo más remedio que aceptar que estaba de acuerdo con el esclavo y, por lo tanto, que ambos eran iguales ante la resolución de dicho teorema. Este episodio, muy bien traído por Carlos Fernández Liria en su ¿Para qué servimos los filósofos?, explica el importantísimo papel que jugó la geometría en el nacimiento de la filosofía en Grecia y en el posterior desarrollo de la cultura Occidental, sentando las bases de la Ciencia y el Derecho.
 
El lema impuesto por el Dios Mercado al nuevo modelo universitario europeo “La universidad al servicio de la sociedad”, que se plasmó en 1999 con la implantación del Plan Bolonia y el nuevo Espacio Europeo de Estudios Superiores (EEES), sirve a Fernández Liria para articular todo un discurso demoledor en contra del desmantelamiento, casi definitivo, del proyecto ilustrado que desde Tales, pasando por Platón y Aristóteles hasta llegar a Kant y Hegel, veía en el Estado de Derecho el mejor de los gobiernos posibles, pero no tal como se entiende ahora, sino tal como debería haber sido de no haberlo impedido el capitalismo; es decir, entendido como el gobierno de la razón y de-sus-leyes, no de los hombres. Dicho lema, sin embargo, encierra el paradigma de la sinrazón actual o, sencillamente, una mentira; pues como muy bien señala el autor, cuando se habla de “la universidad al servicio de la sociedad”, a lo que los ideólogos del Plan Bolonia se estaban refiriendo era, en realidad, a los mercados y a la posibilidad de que los nuevos estudios universitarios respondieran adecuadamente a los intereses y demandas de este. Así, bajo un aparente barniz de razón y generosidad, el autor denuncia la pasividad, cuando no entusiasmo, con el que gran parte del mundo académico recibió la supuesta “revolución” educativa, que llegaba con la promesa de desempolvar la vieja cátedra de los doctores. Y aquí es donde la filosofía juega -siempre ha jugado, de hecho- un papel importante en tanto que observatorio de la realidad, pero bajo un lema bien distinto: “razón, verdad y justicia”. Es importante subrayar esto, ya que son precisamente estas tres cosas las que hacen, justamente, que valga la pena vivir nuestras vidas. El libro repasa las aportaciones más valiosas que desde sus orígenes en Grecia, allá por el siglo VI a.C., ha hecho la filosofía a lo largo de la historia. No son pocas y Fernández Liria se ocupa de desarrollarlas e interrelacionarlas, recordando sus hitos más significativos; muestra, por ejemplo, como la razón, la justicia o la fraternidad, alumbraron avances tan importantes como la ciencia, el derecho y sus correspondientes conquistas ulteriores, como el hiperdesarrollo científico o la Revolución Francesa, por citar algunos ejemplos. También explica muy bien por qué el progreso debe definirse en relación a las libertades ganadas y no en relación a los adelantos que suponga en el tiempo; o por qué la razón necesita de condiciones materiales para realizarse, y lograr así sobreponerse a la insaciable voracidad del tiempo. Acaba el libro reivindicando la función catalizadora de la filosofía que tiene la capacidad de transformar cada esbozo de realidad en conocimiento inteligible, lo que no es poco, si tenemos en cuenta que cada vez resulta más difícil y costoso el acceso a la verdad.
 
¿Para qué servimos los filósofos? Es un libro muy bien madurado y trenzado que abarca muchos de los grandes temas que ayudan a entender mejor por qué se ha llegado a la situación actual y por qué es la universidad, precisamente, una de las piezas clave en las posibilidades de progreso que todavía conservamos. Quizás, el título escogido no hace justicia al libro y podría disuadir a más de un potencial lector antes de comprarlo o de tomarlo prestado en alguna biblioteca -pública, por supuesto-. Pero esto debe entenderse como un detalle menor si se tiene en cuenta la excelente exposición de todo el conjunto.
 
Su lectura, por tanto, es más que recomendable para todos aquellos que quieran comprender la importancia que tiene, ha tenido -y esperemos que siga teniendo- la filosofía en el desarrollo de las sociedades humanas más allá de Occidente, muy especialmente por lo que respecta a la ciencia y el derecho que, como dice Fernández Liria, son los únicos aspectos civilizatorios que nos permiten saber si avanzamos o retrocedemos cuál brújula de la historia. Después de leer el libro sabemos, por ejemplo, que la proliferación de contratos eventuales en el ámbito universitario -especialmente los de profesores que no han tenido que defender para ello ninguna oposición pública- no responde, como algún ingenuo podría pensar, al interés por reforzar la excelencia educativa ni a un súbito incremento de los alumnos, sino más bien a las exigencias impuestas por un nuevo modelo de universidad, mercantilizado y papanatista, que está mucho más interesado en fomentar el espíritu capitalista del sistema que en seguir siendo estandarte de la verdad. Es por todo ello que conviene no olvidar uno de los mensajes fundamentales del libro, el de que sería un error pensar que la filosofía es una cuestión puramente teórica, pues además de haber posibilitado el desarrollo científico, también puede ser una herramienta inmejorable para la formación ético-política de las personas.
 
 
¿Para qué servimos los filósofos?, Carlos Fernández Liria. Los libros de la Catarata, 2012. 155 págs. 14€