domingo, 6 de septiembre de 2015

UNA HISTORIA DE RACISMO NADA PERSONAL




En el año 1964, durante el discurso del estado de la Unión pronunciado por Lyndon B. Johnson, ningún congresista aplaudió la apelación del presidente en favor de la justicia social y los derechos civiles. Por el contrario, la posterior apelación en favor de las secuoyas californianas recibió una desmedida ovación aprobatoria. Esta anécdota, que podemos encontrar en el epílogo del libro recientemente editado Negro como yo, del escritor estadounidense John H. Griffin, no tendría excesiva importancia si obviamos el hecho de que sucede en el transcurso de una década convulsa de los Estados Unidos que estuvo marcada por la explosión del conflicto racial que durante siglos se había estado gestando en muchas ciudades a lo largo y ancho del territorio; una década en la que la segregación de los negros todavía era una práctica común, perfectamente legal y socialmente legitimada por la mayoría blanca.

Durante algo más de seis semanas, del 28 de octubre al 15 de diciembre de 1959, el tejano John H. Griffin emprendió una aventura peculiar y nunca antes realizada por un hombre blanco: después de leer un informe que hablaba del aumento de la tendencia al suicidio entre los negros sureños y movido por una mezcla de empatía social, afán de justicia y vocación científica, decidió convertirse en uno de ellos para ir al sur profundo del país y experimentar en carne propia cómo se vivía allí la discriminación racial. Gracias a la ayuda de algunos amigos y a la complicidad de un médico que le asesoró sobre el tratamiento que debía seguir para oscurecer la pigmentación de su piel, el día 7 de noviembre de 1959 Griffin se convirtió definitivamente, y a todos los efectos, en un negro más. El relato de sus vivencias en lugares como Nueva Orleans, Misisipí o Alabama da buena cuenta del racismo que imperaba en muchas ciudades del Sur, en donde el color de la piel determinaba la pertenencia de una persona a la categoría humana o animal. Con todo, lo que resulta más interesante de la experiencia vivida por Griffin es poder conocer de primera mano la verdad (la más científica, al menos) acerca de las condiciones de vida de los negros y de cómo estos vivían y habían asimilado durante años el desprecio inmisericorde y despiadado de los hombres blancos. Gracias a su trabajo, y a las duras experiencias vividas en muchos de los lugares que recorrió, hoy disponemos de un testimonio veraz que nos enseña muchas cosas. Por ejemplo, cómo entre los negros se transmitía de generación en generación una estrategia de supervivencia para poder afrontar como personas lo que nunca iban a poder hacer como negros; dicha estrategia consistía básicamente en interiorizar algo aparentemente sencillo: que las continuas agresiones y maltratos que sufrían no iban dirigidos a sus personas, sino a su negritud. Eso cuando la desesperación, el sentimiento de culpa o la pobreza no habían acabado antes con ellos. También, y a raíz de la publicación de su libro, Griffin explica cómo el pensamiento negro, con el paso de los años, detectó una de las debilidades más importantes que el sueño de la integración racial había estado alimentando: se trata de lo que los filósofos negros denominaron el “individualismo fragmentado”, y que rápidamente se comprendió en el seno de la comunidad negra; con este nombre se hacía referencia a la necesaria transmutación que todo hombre negro sufría si quería tener éxito en el mundo de los blancos y que, básicamente, consistía en negar todos aquellos atributos que le identificaban como tal. O, lo que es lo mismo, suponía la identificación total con el modelo cultural blanco, lo cual, a la postre, implicaba anular su negritud. Como bien explica el autor, este descubrimiento fue crucial para iniciar un giro decisivo hacia la igualdad real de derechos en los Estados Unidos. Un cambio, por otro lado y paradójicamente, que surgió de la aceptación, por parte de los dirigentes negros, de que el gran sueño que propugnaba Martin Luther King no podía llegar a cumplirse.

Negro como yo se divide en varias partes que giran alrededor del diario que John H. Griffin escribió durante las seis semanas de viaje. Todas ellas son valiosas, pero muy especialmente el Prefacio (de 1961) y el Epílogo (de 1976); el primero, por la belleza y rotundidad con las que es capaz de condensar una problemática de dimensiones tan colosales; y el segundo, por las brillantes e iluminadoras reflexiones que contiene. La lectura del libro es muy amena gracias el estilo sobrio y a la prosa reflexiva y magnética con la que Griffin narra sus vivencias. Por lo demás, hay que remarcar la excelente y generosa edición a cargo de Capitán Swing, que incluye, entre otras muchas cosas, un interesante reportaje fotográfico de Don Rutledge que nos acerca todavía más, si cabe, a los escenarios y a las experiencias vividas por el protagonista. Eso sí, hay que llamar la atención a los editores por la multitud de erratas que pueden encontrarse a lo largo de sus páginas.

La importancia de Negro como yo es enorme por varios motivos. En primer lugar, porque es un valioso y esperanzador testimonio que nos recuerda que, frente a la banalidad del mal, siempre han existido hombres (y mujeres) que han luchado desinteresadamente por la dignidad del ser humano, independientemente de cuáles fueran sus accidentes. Y en segundo lugar, porque nos acerca a una realidad desconocida para muchos y desde una perspectiva inédita hasta la fecha (pero perfectamente válida a pesar de los años transcurridos desde la publicación del libro). Nos permite, a través de muchos de sus pasajes, conocer la profunda dimensión humana, la inteligencia y la sabiduría negras que latían bajo los escombros de la opresión. Esta obra también es un importante toque de atención a toda la intelectualidad blanca que, desde las mesas de sus despachos en la universidad o el confort de sus hogares, se cree conocedora de una determinada realidad por el solo hecho de leerla. El libro de Griffin resulta aleccionador y es, en definitiva, un puñetazo en la cara a siglos de moralidad blanca que no parece que hayan servido para hacer del mundo un sitio mejor ni más humano. Y también, y no menos importante, es un excelente manual que nos aproxima a un conocimiento certero de los universales del racismo.



Negro como yo, John H. Griffin, Capitán Swing Libros. 2015. Madrid. 226 págs.

lunes, 13 de octubre de 2014

DELINCUENTES, PERO NO TANTO




El Edipo de Sófocles y el Ricardo III de Shakespeare; la paulatina sofisticación en la fabricación de billetes y el desarrollo de cerraduras cada vez más seguras y resistentes; toda la policía y toda la administración de justicia penal formada por esbirros, jueces, jurados, etc., el derecho penal mismo, los profesores que imparten esta materia y sus compendios o la, hoy, cada vez más importante ciencia criminalística; la química práctica que se encarga de vigilar las adulteraciones de mercancías; los organismos que velan por la seguridad y legalidad en las transacciones comerciales; los ingenios mecánicos que la tortura propició, así como todas las ramificaciones en la industria que todas estas actividades llevan aparejadas son ejemplos del conjunto de fuerzas productivas que impulsa el delincuente. Esta era la opinión de Karl Marx en el texto póstumo que escribió entre 1860 y 1862 bajo el título "Concepción apologética de la productividad de todas las profesiones" y que Sequitur ha editado con el sugerente título Elogio del crimen.

Desde tiempos inmemoriales el delito se ha venido considerando como algo esencialmente malo, nocivo y el más reprensible de cuantos comportamientos pueda tener una persona que vive en sociedad. Era así en Roma y lo es ahora en la España desquebrajada y supurante de hoy. Karl Marx, empero, analizó la cuestión desde otro punto de vista haciendo especial hincapié en el entramado de fuerzas productivas que conforman la economía capitalista. Es precisamente aquí donde el delincuente cobra nueva dimensión y queda despojado de todos los prejuicios que a lo largo de la historia sobre él han recaído. Pues como tal cumple una función primordial con la producción de delitos. Sí, el delincuente produce, igual que el carpintero o el escritor, y lo que produce son delitos. Siguiendo con su análisis, los delitos a su vez han suscitado todo tipo de transformaciones en la cultura, en la ciencia y en el sistema productivo de las sociedades antiguas y modernas. Por lo tanto, como dice Marx, el delito y el crimen son útiles y cumplen una función social: unas veces a modo de compensación natural y otras como fuerza impulsora de producción, pues sus constantes ataques a la propiedad privada no sólo rompen la monotonía y el aplomo cotidiano de la vida burguesa, sino que también propician el desarrollo de todo un conjunto de fuerzas productivas, que tienen por finalidad la prevención y evitación de sus acciones, en unos casos; y el estudio y comprensión del fenómeno, en otros. También, y no menos importante, son los delitos como fuente de inspiración para artistas de todas las clases y épocas, por lo que su huella en la cultura es indeleble. En todo caso, la delincuencia es un mal, pero es un mal necesario sin el que las sociedades se hubieran "estancado y decaído”, en palabras que toma de Mandeville. Es una contrafuerza, un motor subterráneo que mueve y conmueve muchas más cosas de las que en apariencia, las apariencias nos muestran en el día a día.

Este pequeño opúsculo se compone -aparte del ya citado texto de Marx- de una Obertura a modo de prólogo de Ludovico Silva, cuatro textos más de Karl Marx, “Pena capital”, “Crimen y pauperismo”, “La ley y el delito” y “Filantrópica burguesía”, que complementan su “Elogio del crimen”, un breve interludio sobre la estupidez de Carlo M. Cipolla y, por último, dos textos suplementarios de Émile Durkheim, “Normalidad del crimen” y “Función del castigo” que hacen de contrapunto a todos los anteriores. El editor y traductor Javier Eraso Ceballo compone para Sequitur una excelente obra, breve pero muy concisa, donde el aparente desorden de los textos esconde una cuidadosa selección, pues se interrelacionan y complementan formando un todo, en el que cada pieza cumple una función que enriquece todo el conjunto. Especial atención merece el texto de Silva, ya que resulta muy útil para comprender la importancia de Karl Marx, más como científico social que como el ideólogo y profeta que muchos han querido ver en él. También, porque nos ayuda a entender con agudeza las particularidades de su estilo literario.

Resulta clave comprender, por ejemplo, que la gran metáfora descubierta por Marx es la misma sociedad capitalista, su alienación. Vivimos en un mundo invertido en donde, como él decía, toda cosa está preñada de su contrario. El sentido de la sociedad capitalista no tiene sentido, he aquí la trampa. Y no tiene sentido porque todo en ella son apariencias con formas distintas (régimen jurídico, Estado, etc.), cuyo objetivo principal es ocultar la estructura económica que subyace a la sociedad así constituida. Las cosas ya no valen por lo que son, sino por lo que pueden cambiarse; ya no interesa la calidad, sino la cantidad; ya no es, en definitiva, el valor de uso lo que importa, sino el valor de cambio. Lo fundamental para el sistema ya no es el hombre concreto, sino el hombre abstracto productor de riquezas, y la división del trabajo ahora es división del trabajador. Como bien dice en su Crítica a la economía política: “Un tomo de Propercio y ocho onzas de rapé pueden aspirar al mismo valor de cambio a pesar de la disparidad de los valores de uso del tabaco y de la elegía”. La grandeza de Marx está, precisamente, en lograr caracterizar todo un sistema económico con un solo ejemplo de apariencia insignificante. Y es que se puede conocer más o menos a Marx, se puede ser más o menos marxista, pero ya no es posible no conocer a Marx y pretender al mismo tiempo ser alguien mínimamente científico.



Elogio del crimen, Kral Marx, Ediciones Sequitur. 2010. Madrid. 80 págs.

sábado, 6 de septiembre de 2014

BREVE APOLOGÍA DEL BUEN TRABAJO



En 1880, Paul Lafargue escribió un opúsculo titulado El derecho a la pereza, en donde, contrariamente a lo que su título invita a pensar, más que propugnar la abolición del trabajo proponía una nueva manera de entenderlo. Lo que el yerno de Karl Marx criticaba era la explotación capitalista del trabajo, aquella que propugna la ética burguesa y que lo convierte en un sufrimiento, en un dolor parecido al que provocaba el patibulario tripalium, antiguo instrumento de tortura cuyo nombre derivó con el paso del tiempo en el sustantivo que hoy conocemos. Lafargue también proponía, como más tarde haría Keynes, una jornada de trabajo de tres horas diarias argumentando que eran suficientes para la subsistencia humana. Tomás Moro, en su libro Utopía, proponía seis y Bertrand Russell consideraba que bastaba con cuatro. Estos datos, que sorprenderán a más de uno, los recoge Jorge Riechmann en su reciente libro publicado por Catarata ¡Peligro! Hombres trabajando. El trabajo en la era de la crisis ecológico-social.

Posiblemente, no existe en la actualidad ningún término politico-económico que refleje tan bien la ambivalente condición humana como la noción de trabajo. Y en el libro de Riechmann encontramos el porqué. Junto con la naturaleza y el capital, el trabajo es considerado por la economía clásica como uno de los tres factores de producción capitalista. Ahora bien, sólo el trabajo y la naturaleza son factores productivos por sí mismos, es decir, que solos o combinados entre ellos son capaces de producir y crear. El capital, mal que les pese a algunos, precisa de la combinación con los otros dos para llegar a ser productivo. Paradójicamente, su productividad también puede resultar sumamente destructiva si se combina con el trabajo de forma descontrolada, como sucede ahora en lo que da en llamar con acierto “mundo postfosilista”, esto es, un mundo lleno en el que la naturaleza —a diferencia del trabajo y el capital— se agota irremediablemente sin que exista ninguna posibilidad de reproducirla. Pero, volviendo a nuestro tema, ¿qué es lo que hace que el trabajo sea hoy un concepto tan ambiguo? ¿Por qué unos lo ven como algo bueno y necesario mientras que otros lo consideran una nueva forma de esclavitud que tiene que ser abolida? El autor no ignora los 12,3 millones de trabajadores forzosos que según la OIT existen en la actualidad en todo el mundo. Como tampoco la división clasista y sexual del trabajo que devino con la industrialización y la consiguiente implementación de salarios ligados al factor tiempo. Su esfuerzo, por el contrario, se concentra en subrayar aquellos aspectos del mismo que favorecen el cumplimiento humano y la sustentabilidad de la vida en el planeta. Habla de trabajo productivo, pero también, y esto hay que remarcarlo, de trabajo reproductivo: ese trabajo sistemáticamente ignorado, silenciado y menospreciado -pero tan indispensable para la vida humana y la pervivencia del sistema- que se ocupa de los cuidados (cuidado del hogar, de las personas, de las relaciones afectivas, etc,) y que tan injustamente viene desempeñando la mujer. Como nos advierte: “Preservar y cuidar lo que hay tendrá en general más importancia que producir y crear lo que no hay". Quizás, si se comprende el trabajo en las tres dimensiones básicas que propone E. F. Schumacher en su libro “El buen trabajo” (producción, autorrealización y socialización), es más fácil entender por qué es una palabra tan ambigua. Porque lo determinante es cómo producir, cómo autorrealizarse y cómo socializarse. Recuerda también que no hay que huir del trabajo manual, sino que debemos recuperarlo y revalorizarlo culturalmente para construir una nueva ética del trabajo que sea más igualitaria y sustentable. Todo esto, entre otras cosas, es lo que defiende Riechmann.

¡Peligro! Hombres trabajando está dividido en dos partes muy bien diferenciadas. La primera corresponde a la introducción del libro en la que Riechmann aborda todas las cuestiones sobre el trabajo a las que se ha hecho referencia aquí. La segunda, está conformada por una extensa selección de artículos recopilados por el autor con la colaboración de Carmen Madorrán y María Echavarría, que extrañamente solo se agrupan por título, sin un orden cronológico ni criterio temporal que facilite su aprehensión, lo que hace que acaben resultando bastante prescindibles; tanto más cuanto que lo más sustancial y revelador del libro se encuentra en la parte introductoria. Por lo demás, Riechmann hace bueno el dicho de Gracián de “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”. Su introducción es un trabajo rico y minucioso que atesora datos de gran interés, citas reveladoras y multitud de reflexiones personales que invitan a replantearse muchas cosas del orden actual, incluidas también propuestas tan controvertidas como la Renta Básica Universal a la que da oportuna réplica. Se convierte así en un excelente libro de consulta, de aquellos indispensables que conviene tener siempre a mano, y cuya lectura siempre será recomendable.

En el contexto actual, en un país con seis millones de desempleados y en donde trabajar no garantiza la subsistencia de muchas familias, es importante recuperar, como hace Riechmann, una idea de trabajo común que nos ayude a reformular una nueva ética desligada de los intereses burgueses: una nueva ética del trabajo que promueva la igualdad, la sustentabilidad ecológica y en la que los de abajo sean sus principales protagonistas. El reto no es pequeño, pero es esperanzador y nos alienta a unir esfuerzos y a reivindicar el Jeito, ese esfuerzo por hacer las cosas bien y por cumplir con nuestras obligaciones para con los demás que nos permita autoconstruirnos como sociedades decentes y como personas que valgan la pena.


Peligro! Hombres trabajando. El trabajo en la era de la crisis ecológico-social. Jorge Riechmann. Ediciones la Catarata. 2013. Madrid. 207 págs.